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#4Wine en Bodegas Remelluri, un paseo sincero y lleno de sabiduría

Nuestras visitas a La Rioja son siempre sorprendentes. Esta vez el descubrimiento parte de la recomendación de los amigos Manuel y Raquel de Enodestino, una agencia de enoturismo asentada en la DO Somontano pero con experiencia de gestión en muchos territorios vitivinícolas. Acertaron en su recomendación, ¡sin lugar a dudas! Visitamos Remelluri, una bodega de Rioja Alavesa, situada en el término municipal de Labastida, a los pies de la Sierra de Cantabria, donde se gesta un microclima distinto a los que estamos acostumbrados a ver en esta extensa región vitivinícola que es Rioja y que permite una maduración “suave y tardía” de la uva.

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También distinta es la visita enoturística por la finca; por lo sincera, honesta, transparente y llena de sabiduría que acaba siendo. Amaya Rodríguez nos descubre a través de un paseo pausado y emocionante la historia de la bodega, el origen de la Granja de Remelluri que “se pierde en la noche de los tiempos” como reza en la página web.

En el caserío- recepción, que alberga una exposición de antiguos objetos del mundo vitivinícola, Amaya se remonta a los orígenes y nos descubre la necrópolis que aún se conserva en el centro de la finca y que confirma la existencia de un poblado en la zona ya en el siglo X. Los monjes jerónimos se asentaron en las tierras, cultivaron la vid y desarrollaron su actividad desde el Santuario de Toloño aún visitable en la Sierra.

Entender el proyecto familiar es adentrarse en el centenar de hectáreas de viñedo, con su clima, suelo y laborioso trabajo artesano. 200 parcelas de una media de 0,6 hectáreas de superficie en tres valles distintos. Viñedo rodeado de bosques de ginebros y encinas; y como eje central una Granja de las más antiguas del país que trabaja de forma tradicional y mezclando variedades. Cultivo ecológico, respeto absoluto por el entorno, uso de tratamientos biodinámicos y sostenibilidad para encontrar en la copa de vino la tipicidad del terruño. Respeto también por los viticultores y proyectos del entorno de los que aprenden y con los que comparten. Nos sorprende positivamente que durante la visita Amaya mencione más de un par de veces a López de Heredia, con quién Telmo teje buenísimas relaciones. Son claves para la elaboración de Remelluri blanco.

La primera parada de la visita enoturística es la recepción, luego un paseo hacia el viñedo para descubrir la ermita de Santa Sabina del siglo X, dentro se pueden ver el Paraíso Terrenal y el Santo Mozárabe de Vicente Ameztoy. A la salida las vistas son impresionantes como el nogal centenario de la finca y el espacio arbolado por donde corretean un par de burros, Juanita de sólo un mes. Luego vamos a la bodega, hileras ordenadas de barricas en crianza (un parque de 200 aproximadamente), luz tenue, uso de juncos para evitar que el tapón desarrolle microorganismos en el vino… Trasiegos manuales, tradición, respeto, sinceridad en las explicaciones. Vemos donde se guarda y elabora el mítico Remelluri blanco, ya agotado: 9 variedades distintas que envejecen 18 meses en barricas de roble francés de distintas edades y capacidades (algunas barricas son de López de Heredia).

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Tras el desfile por la bodega, subimos de nuevo a la superficie y un paraíso rural aguarda para catar los vinos. “Para saber cómo sabe el vino del pueblo hay que ir al cosechero” nos cuenta Amaya y para vencerlo Remelluri ha trabajado para dar tipicidad a sus caldos.

Una degustación de queso artesanal y olivas artesanas acompaña nuestra cata, la de Remelluri Reserva, el vino original de la bodega fruto de los viñedos más importantes de la propiedad. Elegancia y expresión del tempranillo, la garnacha, el graciano, la viura y la malvasía reunidas en un coupage con 17 meses de barrica de diferentes orígenes y tamaños.

Antes, pasamos por Lindes de Remelluri, uvas de fincas de viticultores de pueblos cercanos, Labastida y San Vicente de la Sonsierra, que refleja el caldo de “estos pueblos únicos y diferentes”. Menos complejidad, más frescura y un coupage más corto de variedades: tempranillo, graciano, garnacha y viura, que pasan 1 año en barricas de 25 litros de roble francés y tinas de 5.000 litros.

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Tiempo para disfrutar del balcón con vistas al viñedo desde donde divisamos un restaurante que tendremos que probar la próxima vez. Apetece quedarse en esta Granja donde uno se siente recogido y atendido. Hay calidez en las palabras de Amaya y la experiencia enoturística brilla por su extenso conocimiento.

Volveremos seguro, pues se nos ha resistido el blanco que con sus poco más de 3.000 botellas está casi siempre todo comprometido. Buen descubrimiento y esperamos muchos más así. El entorno es de ensueño.

Ruth

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